El viaje

Casi un mes ha pasado desde la última actualización, pero (como solo un enamorado y apasionado amante puede saberlo) eso no es sinónimo de emociones y mareas apaciguadas…
Uno deja de creer en la suerte cuando en su lecho hay alguien que no solo llena su mirada... empezaré.
Fuimos de viaje, el lugar no tiene importancia, porque bastó estar ahí para sentirnos vivos nuevamente, ajenos al mundo y conocidos a nosotros mismos; llegamos al hotel (por cierto, el cuarto aún no estaba listo), esperamos a que la recamarera terminara de hacerlo, y tan pronto se marchó subimos el volumen de la tele, no veíamos el momento de estar juntos, nos abrazamos y nos besamos, recuerdo como Peke dejó caer su ropa interior prenda a prenda, ese fuego de mi estómago afloró una vez más, quería sentir su calor, su ardor, su fiebre; no puede hacerse el amor si no hay besos de por medio, los suyos eran suaves y acariciadores, los míos algo toscos y arrebatados, poco a poco fuimos sintiéndonos uno, el día era claro y el panorama no podía ser mejor, así pues, mientras nuestras ropas caían, nuestros cuerpos corrían a entregarse, se enlazaban cuales enredaderas. Peke comenzó a besar mi pene, sus labios rozaban el glande y yo me excitaba más y más, yo hice lo mío enseguida, empiezo a aprender como le gusta que la bese, como le gusta que mi lengua lama esa parte tan excitante para mí; estuvimos unos minutos así, a veces contemplándonos plenamente, a veces cerrando los ojos para no dejar escapar la magia, luego de eso nos besamos en un largo y profundo beso mientras mi pene buscaba con cadencia su ardiente vagina, así lo introduje y la acomodé, ella comenzó a besarme el cuello, y yo comencé a sujetarla del cabello, moviéndonos con ritmo, enseguida, ella se volteó y pude montarla cómodamente, sentía como mi pene llegaba al tope dentro de ella, seguí arañando su espalda para agarrarme bien, no quería que se fuera; poco a poco sentí como se iba poniendo húmeda, como su líquido se esparcía entre mis piernas… eso me excitó aún más, me hizo perder el ritmo, y actuar ahora con un impulso desesperante, moviéndome más rápido y más profundo hacia ella, sus gemidos eran lo que decoraba aún más ese cuadro: no creo que haya perfección más absoluta más allá de esto. Cuando sentía que terminaba saque mi pene, todo el semen y las ganas que tenía de ella lo deje sobre su cuerpo, un chorro cayo en su espalda, ella gozaba ese calor, otro de ellos cayo sobre su pecho, me sentía excitado de untarlo ahí mismo con mi lengua, y lo último cayo sobre su boca y cara, ella se apresuró a probarlo, a lamerlo, a chuparlo… yo me sentía en el cielo…
El ritual se repitió durante el resto del día así como saliamos y regresabamos al hotel, al llegar la noche solo dejamos las sabanas blancas, salimos un momento al balcón, desnudos (pero solo la montaña podía vernos), ahí comenzamos el juego de enlazar nuestras manos, había una silla estilo mecedora, la senté ahí y cómodamente pude besar su vagina, me enloquecía sentir sus manos apretando mi cabello, me encató sentir sus fluídos en mi boca, luego de eso volvimos al cuarto, ella se sujeto de la cabecera de la cama, y yo la abracé por la espalda, introduje mi pene en ella y comencé a moverme rápidamente, no nos importó hacer ruido, ni con la cama ni con las voces, eramos ella y yo y todo lo demás era vacío, comencé a sentir como me mojaba, una parte dentro de ella, y otra parte salio hacia ella, unté el sémen en su cuerpo, y con mis manos se lo dí a probar, ella me veía de un modo muy ardiente, y así como estabamos (mojados de sudor y liquidos) nos abrazamos y dormimos.
El amanecer llegó, le prometí llevarla a un lugar bello, abordamos una combi y nos marchamos hacia las montañas, fue un viaje corto (de menos de una hora), me perdí en el camino hasta que pude saber a donde ibamos, llegamos y le mostré una cascada. Si bien era hermosa en su caída sobre la carretera, le dije que era más hermosa un kilómetro arriba, donde nacía, y hacia allá nos dirigimos. Ella llevaba su minifalda favorita, lo que era idóneo para mí. Fue realmente cansado subir tanto, pero al final, detrás de unos troncos caídos pudimos sentir el chorro frío de agua salpicada de la cascada, ahí estuvimos, y ciertamente el agua estaba fría. Recorrimos el derredor, y finalmente nos fuimos detrás de unas piedras, ahí pude subir su minifalda, y sin quitarle su tanga solo la hice a un lado, y así comenzó el coito, ella recargada sobre una roca, y yo arañando sus piernas mientras sentía como mi pene se excitaba dentro de ella (ocasionalmente una gota de agua caía sobre nosotros). En mi ardiente deseo lamí mis manos con toda la saliva que pude, y así comencé a presionar sus senos con mis manos, deslizándome en ellos, queriéndo tenerla toda completa. No fue necesario disimular nuestras voces, el ruido de la cascada ahogaba nuestras voces, aunque entre ese fragor podía oír claramente los gemidos de Peke, y así seguimos hasta que pude eyacular, de igual manera sin contro, ahora sobre ella, ahora sobre las piedras. Al final nos abrazamos y nos besamos, listos para regresar.
Por la tarde comimos algo, era la hora de regresar, pero no ibamos a hacerlo sin llevarnos más gratos recuerdos. Regresamos al hotel, y ahí nos bañamos e hicimos el amor, apenas con la ventana descorrida. Jugamos el juego de la masturbación: ella se bañaba y yo me masturbaba viéndola moverse eróticamente, el querer sentirla me hizo excitarme aún más, pero no me acerque a ella, quería gozarlo, quería no tenerla teniéndola pero excitándome al tiempo, ella solo me observaba, no sé mentir a este respecto, sabe como me veo, y que no lo finjo (no habría por qué).
El tiempo termino para estar en el hotel, abordamos el autobus y emprendimos el regreso, ella seguía con su minifalda, yo llevaba la sudadera puesta, pero a medio viaje extrañabamos sentirnos, me deshice de la sudadera y se la coloqué en las piernas, enseguida me acerque a ella, ella se sorprendió al tocarme y ver que estaba descubierto del pantalón, hicimos a un lado su tanga y ahí mismo comencé a penetrarla, nos excitaba sentir que estabamos rodeados de gente, una chica notó que yo me movía hacia ella e imagino que supo que la penetraba, pero eso no me importó, yo seguí, no me detuve ni cuando ella se puso roja y comenzó a mojarse, no sé a ciencia cierta cuantas veces se vino, yo seguí excitadísimo pero aguantaba, pese a que comenzaba a moverme más rápido que el propio camión, finalmente deje que ella descansara, y se acomodara en mis brazos.
Al llegar a México fue su hermano por nosotros, pero al llegar a su casa el salió, y desde luego, fue la oportunidad perfecta para terminar lo que comenzamos: sin perder tiempo me aferré a ella, le quité algunas prendas (ella otras) y así comencé a embestirla suavemente, cual perrito efusivo, sobra decir que aún tuve energía para venirme en forma, para darle lo que tenía de mí, y fue un cielo sentir como terminaba en su boca, como besaba y lamía mi pene hasta dejarlo limpio, descansamos unos minutos y volvimos a eso, ahora era una posición frontal, yo casi agotado no tenía nada que perder, y mucho que aguantar, luego de gozar en varias posiciones volvimos a nuestra favorita: el perrito, ahí no pude parar, y cuando sentía como su vulva se cerraba y abría arremetí hasta el tope, me dolía el golpecito pero se eliminaba el dolor con el gemido de ella, así hasta que me vine otra vez en su cuello, y ella ahí estaba de nueva cuenta para lamer mi pene. Tomamos un descanso, y por muy increíble que parezca seguimos una tercera vez, esta vez comenzamos excitando nuestras bocas, que mejor que con un 69, su olor y su sabor aún los siento en mí, aún gozo recordándolo, saboreándolo, nada más entero en una relación sexual. Luego de demasiada excitación nos abrazamos de frente y copulamos de modo normal para recobrar fuerzas, ya demasiado excitado terminamos en el perrito, otra vez gozando como ambos terminabamos al mismo tiempo.
La noche cayo, y todo parece un sueño, pero si el recuerdo y el sueño son lo mismo, entonces estas palabras deben ser neblina... en todo caso, uno debe procurar que su realidad sea como el sueño que tiene, donde no haya pena en el pedir ni en el dar; el amor debe ser así, como un viaje que nunca debe terminar.

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