Cronicas del amanecer

Crónicas de pasión, contadas por Peke y Ty

Name:
Location: Mexico

Thursday, October 20, 2005

Un Rinconcito

No he podido descubrir un rinconcito donde no pueda verte, un minuto sin imaginar tenerte, un rinconcito de mi piel que no sea tuyo.

Aun no puedo encontrar un rinconcito donde no sienta tu presencia, un camino donde no vea tu huella, un rinconcito donde tu nombre no se esconda.

Yo dudo que pueda haber un rinconcito donde no vea tus ojos, una cara donde no encuentre tu rostro, un rinconcito sin ti de mi cuerpo.

Y te juro que no hay un rinconcito de mi alma que no te quiera dar, un minuto de mi tiempo que te pueda negar, un rinconcito de mi vida que no te vaya a regalar.

Tuesday, October 18, 2005

Luna de octubre

¿Cuál es la insistencia de buscarle a todo un nombre, una forma, una explicación…? el otoño es otoño sin tener que sondearlo, aunque todos sabemos lo que anuncia y los colores de que se reviste; el mar es agua y movimiento, no hace falta profundizar en eso, lo vemos y lo sentimos y con eso debe bastar…

Las historias de amor deben ser así, sin tener que explicar todo en cada momento, mejor vivir cada momento en un todo; quizás sea la naturaleza de la vida, pero creo con toda mi razón que la vida es esencia antes que materia, subjetividad antes que objetividad… y con esa idea en mente, quiero relatar esta crónica…

Ahora que los días comienzan a hacerse fríos, y gruesos nubarrones tienden su opresividad sobre la Ciudad, poca gente se atreve a elevarse por sobre ellos, así pues, en lo concerniente a ella y a mí, la noche tendió su dominio, ni obscuro manto como las pupilas de Peke, sino obscuro océano atenuado por una casi luna llena, suavidad, sí, esa es la palabra, porque en un momento y lugares, y sobre todo con la persona afín, solo así puede describirse ese embeleso, pero no la suavidad del sueño, sino la suavidad de los sentidos…

La plática de la tarde dejo entornados los pensamientos como para que al caer la noche siguiéramos una conversación de mayor intimidad, y claro, eso pasó: la trivialidad de las palabras daba poca dimensión a cuanto ellas expresaban, podíamos hablar de un amor apasionado en mil contextos, pero si sentía el solo roce de su mano en mi cabello, y mi mirada al encuentro de sus tiernos ojos eso era mucho más demostrativo que el torrente de dichas palabras; Así pues, llegamos a su casa, salimos y cenamos algo, y ya de regreso nos tendimos al sofá, solo me deshice de los zapatos y las calcetas, Peke se puso ropa cómoda, y así dispuestos estuvimos viendo la tele. Yo no veía la hora en que se apagara la luz, de que sus ropas cayeran al ritmo de las mías, de que nuestros cuerpos se estrechasen con ese febril deseo característico en los enamorados; el tiempo paso lentamente, luego de unas horas llegó el ansiado momento, nos quedamos solos con en el mutismo de la noche, apenas acompañado por unos cuantos chirridos de los autos de la Avenida.

Todo comenzó con una sesión de caricias, delicadas y deliciosas, seguidas de besos profundos y apasionados, donde las manos corrían por todo el cuerpo, así seguimos por mucho tiempo con una sola filosofía: la filosofía de lo que es sabido sin saberse. Nuestros cuerpos se buscaban y se apretujaban, mis manos comenzaron a clavarse en sus glúteos y también a acariciarlos, mi lengua se humedecía en demasía, y así iba a posarla sobre su cuello y pecho; ambos nos recostamos y pudimos descansar un poco, aprovechando ese descanso para mirar caer las ropas y contemplarnos desnudos, poco a poco fuimos tocándonos, ahora hablándonos en lenguaje romántico, ahora hablándonos en lenguaje fuerte, llegó el momento en que mi pene estaba ardiendo, pidiendo introducirse en esa suave cavidad, no quise esperar más y así lo introduje, nos abrazamos y comencé a formar ondas en ella, mis manos rasguñaban su espalda, y mi boca mordía lentamente sus senos, fui moviéndome dentro de ella: despacio en un inicio y rápido en los instantes siguientes; cambiamos de posturas y seguimos moviéndonos con ritmo, cada vez más rápido que los cuerpos comenzaban a agotarse y a llenarse de sudor, pero eso no importo, lo importante era lo que sentíamos, el fuego que se producía y la sensación de calor que llenaba la habitación, y lo hermoso llegó al momento en que ambos terminamos al mismo tiempo, la liberación de esa opresión que abraza el vientre y estomago; y ahí estábamos juntos, listos para abrazarnos y sentirnos cerca aún después del climax; con los cuerpos húmedos, sin género de pudor o repudio, abrazados y mirándonos, esperando la llegada del sol, porque estuvimos en ese juego de amor toda la noche...

Quien haya podido desgranar los minutos segundo a segundo, puede considerarse un sabio, en nosotros, el tiempo parece un respiro, profundo, dulce, sin palabras, fugaz, algo único a lo que llamamos etéreo, dos cuerpos diluyéndose en un solo idilio, entregados en caricias, pensamientos y momento...

Us astro brillaba en la ventana, quise creer que era Venus, que así bendecía nuestra entrega, junto a esa luna de octubre.

Wednesday, October 12, 2005

Alicia a través del espejo...


--A proposito, gatito; si de verdad estuviste conmigo en mi sueño, hay algo con lo que desde luego lo habrías pasado muy bien..., toda esa cantidad de poemas que me recitaron y, ¡todos sobre peces! Mañana por la mañana te daré algo que te guste mucho: mientras te comes el desayuno te recitaré La morsa y el carpintero, ¡para que puedas imaginarte que te estás zampando unas ostras! Ahora, veamos, gatito: pensemos bien quién fue el que ha soñado todo esto. Te estoy preguntando algo muy serio, querido mío, así que no debieras de seguir ahí lamiéndote una patita de esa manera... ¡Como si Dina no te hubiera dado ya un buen lavado esta mañana! ¿Comprendes, gatito? Tuve que ser yo o tuvo que ser el Rey rojo, a la fuerza. ¡Pues claro que él fue parte de mi sueño!..., pero también es verdad que yo fui parte del suyo. ¿Fue de veras el Rey rojo, gatito?

Lewis Carroll

Tuesday, October 04, 2005

Entrega


"…Invoco su nombre, y de entre las ruinas de mi memoria, se agitan a ese llamado mil tumultuosos recuerdos, ahora su imagen esta aquí, como en los primeros días de su sincero gozo, radiante aunque encantadora belleza, Sílfide de las florestas del Arnheim, Náyade de sus fuentes…"


El viaje casi llegaba a su fin, al ir descendiendo por la montaña y con los últimos resplandores de la tarde pude ver la bella y pintoresca ciudad de Taxco (no es jactancia, es una honesta convicción). Aunque muy poco (o nada) me gustan los viajes, en esta ocasión mi mente y mi cuerpo estaban absorbidos en otro tiempo y en otro lugar, a tan solo unas cuantas horas antes, a un rinconcito romántico; y lo más importante no eran ese tiempo o lugar, sino la persona que complementaba el cuadro etéreo que mi mente evocaba sin cesar: Peke.

De nueva cuenta, el día emanaba suaves y calidas brisas (extraño, en una estación tan intempestiva), algunas acompañadas de frescos rocíos, aunque cálidas en su generalidad (como he dicho). Toqué a su puerta, y la espera no fue demasiada, ella estaba ahí, y como de costumbre, no pude dejar de maravillarme al verla así: tan natural y radiante, con esos ojos tan vívidos como el espejismo del mar, con esa feminidad que tanto me embruja… y mucho más…

No hay misterio al decir que los besos son la detonante de la libido, de ese deseo sexual que comienza a querer salir, sí, no hay misterio en ello, pero pocos sentimos algo más que eso, porque la entrega física no supone la entrega emocional… he buscado una palabra que defina la entrega de ambas partes en un solo momento, pero no he tenido éxito (así que espero baste con este breviario), pero me he adelantado, ya hablaré de ello en su oportunidad, volvamos al tiempo “presente del pasado”, cuando el amor, el deseo, la pasión, el expresionismo, bullían en los interiores de dos cuerpos prestos a entregarse.

Llegamos a la privacidad del cuarto, bastó un sonido (el solo “clic” de la puerta) para que cayera el velo de la mesura, la sobriedad… la apariencia; los besos fueron profundos y prolongados, las caricias iban y venían, nuestras lenguas se buscaban desesperadamente en lo que parecía un ritual iniciado milenios atrás por los más instintivos habitantes de la Tierra, y continuados en ese momento por nosotros. Había que dar un respiro, me deshice de la camisa y la sudadera, de los zapatos y calcetas, ella solo estaba en ropa interior, nos sentamos en el sillón, ella entre mis piernas, con la espalda estrechada contra mi pecho, y yo con uno de mis brazos rodeándola por la cintura y el otro por el cuello. Tomé un respiro más, y comencé a besar su nuca y cuello, los brazos me temblaban, y las manos comenzaron a sudarme, seguí acariciando su vientre, y deslizando mi mano bajo su ropa, descorrí los tirantes de los hombros y comencé a besarla ahí, quería sentir su boca, su piel, su cuello, todo al mismo tiempo, pero no era voracidad, no era un querer apagar un incendio con un poco de agua, era lo contrario, era querer avivar la hoguera, el incendio, y derretir los hielos que pudieran haber.

Luego de los besos seguimos a su cuarto, no un cuarto obscuro donde las formas pueden tornarse difusas y ambiguas, y los rostros famélicos y huraños, sino un cuarto iluminado en su totalidad, donde pueden verse los poros del cuerpo, el rubor de las mejillas, el tornasol del cabello, la tersura de la piel, el color del amor y la pasión; ahí hubo poco que decir, el aliento y las voces entrecortadas solo podían inducir a seguir adelante, no faltaron los “Te Quiero”, y aunque ninguna palabra sobraba ciertamente ninguna faltaba, porque los ojos que se miran, los cuerpos que se friccionan y tratan de hacer de dos uno, y las almas que juegan en ese vórtice no necesitan decirse nada, todo está dicho en la forma de una frase: hacer el amor.

El encuentro comenzó a tener mayor forma al momento que ambos nos despojamos de la ropa, cuanto extrañaba sentir sus cálidos senos entre mis manos, sus ojos abrirse y cerrarse en tiernas miradas, su respiración en mi pecho suave y tranquila o agitada y violenta, y nuestras piernas enlazándose.

Quería hacerla sentir bien (que experimentara ese cielo que yo probaba), comencé a besar su rostro, sus ojos, su boca, seguí hacia abajo, su mentón, su cuello, sus hombros, sus manos, seguí así, ahora estaba en sus senos, llenándolos de mi boca y bebiéndolos, excitándolos suavemente, con delicadas mordidas, los tomé en mis manos y continué excitándolos mientras mi boca pedía seguir hacia abajo, continué con las caricias a sus senos, y mis labios comenzaron a besar su ombligo, quería seguir, y no podía distinguir si era yo o era ella quien estaba en mayor impaciencia, mis manos se fueron hacia su espalda y luego de acariciarla rodaron a los glúteos, mi boca continuó más abajo hasta llegar a esa suave cavidad, mi lengua se introdujo una y otra vez mientras la humedad en ella la mojaba, tome sus manos y las lleve a sus senos, quería ver como se excitaba mientras yo seguía besando y saboreando esos suaves extremos. El tiempo parece detenerse en esos momentos, no sé la fórmula correcta, lo importante es que era excelso ver como ella jadeaba más y más, como se mojaba en demasía, como se agotaba y volvía a encenderse; a estas alturas no podía contener la impaciencia, mi pene estaba erecto y duro como barra, ardiendo en deseos de mojarse, me levanté y subí a ella, la abracé, y flexioné sus piernas, mi pene comenzó a humedecerse, la besé en la boca violentamente, pero sin lastimarla, quería que nuestras lenguas se encontraran, mi pene comenzó a mojarse más aún, ella lo introdujo en su vagina lentamente, y así comencé a frotarme en ella, sentía un calor indescriptible abrazándolo, queriendo despojarlo de su energía, de su vigor, una y otra vez entraba y salía, varios minutos estuvimos así, mi cuerpo se cansó antes que lo demás, aquí tomamos un segundo aliento, ella fue ahora quien me recorrió de norte a sur, yo no quería estar impasible (cómo estarlo!), así que busque sus senos, los acaricié y los excité, mientras ella comenzaba a besar mi pene, sentía su lengua ardiendo sobre él, mojado en su totalidad, era como un letargo y un descanso, un placer extremo…

Descansamos un poco más, volvimos a la carga, ahora quería sentirla en modo algo diferente, ella estando de espalda la levante, y así comencé a introducir mi pene, lentamente, lentamente, rápidamente, lentamente, lentamente, rápidamente, bastaron pocos minutos de incesantes jadeos y voces para que explotara, sentí el flujo venir, pero un flujo más ardiente aún me inundaba instantes antes, uno no quiere pararlo, quiere disfrutarlo y vivirlo. En el paroxismo de la entrega sentí como se deslizaba, como fluía sin querer terminar, y como chorreaba sin control alguno.

Entre el idilio distinguía a un jaguar retozando entre las marañas, ahora se hacía tan comprensible esa imagen, tan única en su forma que multitud de ocasiones pasa desapercibida al ojo humano.

Nos tendimos en la cama, ella entre mis brazos buscando cobijo, yo estrechándola buscando cobijarla, y comprendía que eso era “entrega”, porque esa entrega no se da con los sentidos, ni se percibe con ellos, no es subliminal ni soñadora, mezquina y fugaz, no es entrega que se vulnera y supone un quedarse vacío, ni la entrega que marchita a la más portentosa de las rosas o derrota al más fuerte de los hombres… es la entrega que nos hace “avatares”, poderosos, bondadosos y determinados, la entrega luminosa que lo irradia todo, porque cuando lo da todo, todo lo tiene, todo lo posee, y se hace incondicional, sin temor a las palabras, a expresar lo que siente.

Ella recostada en mi pecho, susurrando “te adoro”, yo abrazándola y diciéndole que se puede sentir protegida, que estoy ahí, en el presente, queriéndola, apenas aprendiendo a amarla… ahí se cortó el recuerdo, el despachador anunció el final del viaje.

En lo que a mí toca, este recuerdo no tiene porque vivir en el pasado, estoy aprendiendo a vivir en el presente, con la intensidad de los sentidos, del carácter y del sentimiento compartido.

Tu duermes y yo sueño...



Abro los ojos, y las primeras luces del día iluminan nuestra habitación. Un ténue resplandor atraviesa las cortinas. Duermes a mi lado y tu rostro se parece al niño que fuiste. Al mirarte reconozco las facciones en blanco y negro de un bebé en una foto. Siento una inmensa ternura hacia tí. Extiendo mi mano hacia tí y la apoyo sobre tu pecho. Siento el palpitar sereno de tu corazón que es mío y mi mano sube y baja al compás de tu respiración.

Tu duermes y yo sueño.

Sueño con la locura de tenerte a mi lado y volver a la vida junto al tibio calor de tu cuerpo dormido. Miro tu rostro y veo al niño de la foto. Sueño que es a él a quien acaricio, y por eso busco la máxima suavidad que la piel de un hombre ofrece.

Tu duermes y yo sueño...